
SANTIAGO (France Presse).— Un derrumbe atrapó a 33 mineros en el fondo de una mina. Pasaron 17 días sin contacto, comiendo apenas y con el fantasma de la muerte rondándoles, hasta que se concretó la hazaña de encontrarlos. Se desató una carrera contra reloj para perforar una vía de escape y a los 69 días todos salieron a la superficie: un guión perfecto con final feliz.
El jueves 5 de agosto, cuando se disponían a almorzar en la profundidad de la mina, un ruido ensordecedor seguido de una polvareda que los dejó ciegos por varias horas les anunció lo que muchos temían: la vieja mina San José -que se explotaba desde hace más de un siglo- cedía y miles de toneladas de piedras obstruían su acceso.
El derrumbe se produjo a unos 400 metros de profundidad y ellos estaban más abajo.
Intentaron salir por una chimenea de ventilación pero ésta no tenía las escalas que los dueños debían haber colocado. Tampoco había una salida alternativa.
Los mineros se dirigieron entonces a un refugio de seguridad dotado con provisiones, pero éste apenas tenía algunas latas de atún y algo de leche: habían quedado sepultados a cientos de metros y con poca comida. Los rondaba la muerte.
En la superficie sus familiares se reunían en las afueras del yacimiento, desesperados e indignados con la compañía por haberles avisado del derrumbe varias horas después. ¿Estarán vivos? ¿Tendrán aire, luz o comida?, se preguntaban padres, hermanas o esposas, a la luz de una fogata y abrigados con mantas, para soportar el frío nocturno del desierto chileno.
El accidente obligaba además a cambiar la agenda del presidente Sebastián Piñera y sobre todo la del ministro de Minería, Laurence Golborne, que desde entonces se dedicó de lleno a la búsqueda de los mineros. Y al frente del operativo se puso al mejor ingeniero posible: André Sougarret, de 46 años, quien trabaja para la estatal del cobre, Codelco.
Un grupo de socorristas intentó acceder a ellos por la chimenea de ventilación, pero dos días después una nueva serie de derrumbes hizo fracasar ese primer intento de rescate.
"Nadie durmió esa noche, tampoco las siguientes. A las 3 de la tarde se bloquea esa chimenea y dos rescatistas casi pierden la vida. Salen de la mina frustrados y choqueados; significaba que el único camino rápido estaba cerrado. Ya no serían horas para sacarlos, serían días", relataría luego Golborne.
Cuando el ministro habló con las familias se quebró, reconociendo que las esperanzas de hallarlos eran mínimas.
Se resolvió entonces intentar encontrar a los mineros a través de orificios de 12 centímetros de diámetro, ya que se estimaba podían estar en el refugio ubicado en el fondo de la mina, pero sin mapas precisos, la operación era complicadísima.
En la mina los trabajadores se organizaban para aguantar la espera, racionando los pocos alimentos que encontraron. Artesanalmente armaron camas, montaron un lugar para hacer reuniones e incluso fabricaron con papel un dominó para matar las horas.
Afuera, nueve máquinas de sondaje avanzaban con complejidad y las esperanzas comenzaban ya a diluirse.
Sería una tragedia minera más, hasta que desde el fondo de la mina, a través de uno de los orificios perforados, emergió un mensaje en que se comprobaba que tras 17 días de encierro todos estaban bien y con vida: "estamos bien en el refugio los 33", dijo la esperanzadora nota.
"Era el día 17, me despertaron y me dijeron 'llegamos'. Y nunca he sido más feliz", relató Golborne.
La historia cobró entonces ribetes épicos. Al fondo de una mina, 33 hombres sobrevivían en un ambiente lúgubre, con un calor y una humedad insoportables, en lo más parecido a un "infierno" como lo graficó uno de los mineros al hablar con el propio presidente Piñera por teléfono desde el fondo de la mina.
Tras ser ubicados, comenzaron a ser alimentados desde el exterior. Lograron hablar con sus familias y se puso en marcha una inédita y gigantesca operación de rescate, en la que colaboraron expertos de la NASA.
Sus familias se instalaban en las afueras del yacimiento, primero con pequeñas carpas para luego dar vida propia a una ciudad a la que bautizaron 'Campamento Esperanza'; cientos de periodistas y fotógrafos se instalaron junto a ellos.
Tres gigantescas máquinas perforadoras comenzaron a excavar ductos hasta donde estaba los mineros, en una operación que no estuvo exenta de complejidades.
Hasta que, tras 33 días de perforaciones, una logró alcanzarlos y cinco días después todos emergieron a la superficie, tras salir, uno a uno, a bordo de una cápsula de metal construida por la Marina chilena, que los transportó desde el fondo de la mina.
"Le sirvo el turno como habíamos acordado. Espero que esto nunca más vuelva a ocurrir. Gracias a todos", dijo Luis Urzúa, el jefe de los mineros atrapados y el último en dejar el yacimiento, al presidente Piñera que lo aguardaba en la boca del ducto.
"Creo que es bonita esta historia... Dios por algo hace las cosas", concluyó el minero.
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